No leí jamás prosa tan dulce, es prosa caña, y a la vez ríspida como un devenir de cuchillos en la noche.
Me recuerda tanto mi pueblo que me da miedo escribir sobre ello porque lo voy a copiar, porque hasta reescribir lo leído en esas páginas es mérito mayor que la propia escritura.
Pergeño esta nota con la sospecha de haber leído a Borges como sin querer, porque era él el que iba como adivinándome la intención, era una Lujanera en la cantina o en La esquina rosada.
Y sus versos fueron dedos de una mano con que se escribiera el destino manifiesto de la eternidad, que todavía no entiendo, pero que igual invento.
Y si miente le creo gustoso y si erudito me declaro incompetente en distancia insalvable y sin embargo lo que llega, lo que queda es tan intenso todavía, su remanente es tan intenso todavía, que resuena Apolodoro y Asterión como la primera vez en todas las casas que visito, en todas las mujeres que besara y en todas las vidas que no he vivido en mi barrio y en mi pueblo: es Borges, quien lo leyó lo sabe.
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