Francisco Serrano en No es sino el azar, me presentó una reflexión existencial lo suficientemente vieja para poder decir que nos concierne a todos como humanidad, y clásica en el recién -para mí- sentido de Gadamer, me refiero al hecho del destino y su perieco el azar.
Por principio deberíamos aclarar que no son antónimos o el reverso de una misma cosa, que sería el tiempo.
Imagino más cóncavo y convexo que caras de una moneda, el azar contiene un destino y el destino al menos un azar, constante, pero azar al fin de al cabo en cuanto a que es ése y no otro. (Por una placentera y gozosa analogía lo relaciono con el coito)
Cuando involucramos en nuestra reflexión la variable eternidad (menudilla cosa), entonces imaginar a voluntad que tenemos un rígido plan por cumplir, suena ridículo y hasta gracioso. ¿Pero no es trágico y desamparado experimentar lo contrario? es decir, soy producto de la suerte, de las coincidencias, de la concurrencia de ellas de la manera más aleatoria posible, entonces no soy nada a voluntad, porque ese azar desconocido y ominoso y mi condición mortal se concatenan para demostrar que no me pertenezco.
Lo mismo el destino dictado por un Dios y todo eso.
¿Pero cómo puede ser gracioso?
Destino + azar = destazar... No veo más allá.
La figuración poética una vez más me ha salvado de este embrollo:
Reconozco que no puedo pensar más que en un par de razones (que oscilan entre caprichos, ritos y ceremoniales de una divinidad anacrónica, seguramente mujer que se place en ejercer de Parca) a las que atribuyo nuestro encuentro -feliz y silencioso por lo demás-, me remonto ni siquiera a cuando te conocí, sino a las figuraciones que en este momento hago de ti.
Me parece que la noción de historia -para efectos de explicar nuestro encuentro- es una aberración insoportable, y mucho más justo me parece que el mundo apenas está aquí hace dos días, acabo de abrir los ojos y mi destino era recordarte. ¿Pero cómo recuerdo algo que no conozco? ¿Cómo imaginar lo que no se puede nombrar porque no hay palabra que lo nombra?
Con el mundo recién nacido, vaya mi fraudulenta reflexión: ¿y si el mundo inicia así cada día?
Si es un azar conocerte, mi suerte es asaz aleatoria como injusta, porque encima me sonríes y me regalas tu mirada encendida y tu beso de zarzamora, -y no hubiera razones ni justicia en esta explicación que no explica nada porque no puede- y me parece que tu suerte fuera asaz aleatoria y en el torbellino de la suerte no hay justicia, no puede haberla, porque para eso habría un destino.
¡Pinche Zenón de Elea!
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