Si el idealismo como Borges lo contempla es real, el infinito y la eternidad serían un poco menos pecado y un poco menos reales.
Sin embargo, Shopenhauer tiene razón cuando argumenta que la (nuestra) representación del mundo nos declara de manera implícita que somos incapaces de conocer absolutamente el mundo, porque a tal representación hay que imaginarla bajo la influencia (o influenza, como carta astral medieval o epidemia del D. F.) de la voluntad. Luego el mundo posible representado voluntariamente, no es escindible del mundo real, porque al primero nunca pudimos conocerlo a cabalidad.
El idealismo pervive, porque la materialidad del mundo es ominosa e inabarcable, por eso los mundos creados, representados por el arte, a voluntad de la creación, son siempre más hermosos que la naturaleza.
He aquí una feliz excepción:
Acepto tus labios, gustoso. Los vuelvo ahora mi representación, mi voluntad, pero como idea mía, distan tanto de la realidad, siento el embarazo elucubrante de la insuficiencia, porque creo que intuí un día lo absolutamente de tus labios.
Ya nada puede volver a ser igual.
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