Sobre las cosas de la realidad, con frecuencia habitual pensamos que fueron creadas por una fuerza extraordinaria que llamamos naturaleza y nos parece que el curso temporal explica nebulosamente la presencia de las cosas con un pasado que a su vez tuvo un pasado y así hasta el principio. Con los seres no. No podemos pensar que estemos en el orden de las cosas, por eso nos empeñamos en diferenciarnos del mundo como cosa hacia un nuevo estadio, como seres, cuyo creador no es la fuerza de la naturaleza sino la divinidad.
A las cosa les pasa el tiempo, pero no las mata. A los seres nos pasa el tiempo y nos desbarata. La fórmula es Tiempo= Dios.
Esta torpe y dubitativa parafrásis surgió de algunos textos de Darwin que recién he leído y que caprichosamente he querido emparentar con mi otra lectura en turno, de Einstein, sus trabajos más conocidos sobre relatividad -sin la engorrosa parte matemática y física por supuesto, que rebasan mi ingenuidad (una manera bonita de nombrar la ignorancia sabida) con descaro- y ha surgido lo que quiero ver como un argumento:
En la calle del pueblo donde nací hay una manera en que cae la luz que recuerda un tiempo en que los hombres no estaban aquí, ¿qué hace una casa recibiendo el sol de frente y de perfil, de pie, allí, para los hombres que no hemos nacido?
Allí mismo, las noches son mantos extraños que nada protegen, que ya no son labios, ni respiraciones de hombres dentro de una casa donde los hombres nacen, porque no han nacido. Todavía.
En este viaje de la memoria hacia el pueblo de mi origen, mi presente se fuga en infinitas líneas hacia el pasado y hacia el futuro y estoy seguro que todo lo invento, que no lo he vivido, porque en el pueblo en que nací, todavía no he nacido.
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